13 de noviembre de 2015

El mendigo y el pan


EL MENDIGO Y EL PAN

Un día se me acercó un mendigo y me dijo, “Quiero pan”.

“Eres muy listo y has encontrado la mejor panadería de la ciudad”, le dije.

Cogí un libro de recetas de la estantería y comencé a decirle todo lo  que sabía sobre el pan.

Le hablé de la harina de trigo y de cebada. Mis conocimientos me impresionaron incluso a mí a medida que le recitaba las medidas y la receta del pan. Le miré y me sonreía.

“Sólo quiero pan”, dijo una vez más.

“Eres muy listo”. Aplaudo tu elección. “Sígueme y te enseñaré mi panadería. Le guié por las salas donde se prepara la masa y los hornos donde se cuece el pan.

“Ninguna panadería tiene dependencias como éstas. Tenemos pan para todas las necesidades. Pero te voy a enseñar lo mejor, “la sala de nuestra inspiración”.

Entramos en el salón de actos, subí al ambón y le dije “Gentes de todo el contorno vienen a escucharme. Una vez a la semana reúno a mis trabajadores y les leo la receta del libro de la vida”.

Le pregunté al mendigo sentado en la primera fila si quería hacerme alguna pregunta.

“No”, dijo, “sólo quiero un trozo de pan”.

“Eres muy listo”, le dije y lo conduje a la puerta de entrada.

“Mira, en esta calle hay muchas panaderías, pero ninguna de ellas hace bien el pan, por más que lo llamen pan, porque ninguna sigue la receta del libro”.

El mendigo dio media vuelta y se marchó. “¿No quieres un trozo de pan?”, le grité.

Se detuvo, me miró, se encogió de hombros y me dijo,  “Creo que he perdido el apetito”.


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